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El rol del perro en la antigüedad - M.V. Claudio Gerzovich Lis
Aunque podría deducirse que la existencia de un vínculo entre los perros y las personas es un fenómeno contemporáneo, en realidad tiene una larga historia en el mundo occidental y también en otras culturas. De hecho, es un fenómeno tan antiguo que se remonta a los comienzos del proceso de domesticación.
No resulta descabellado suponer que en un comienzo los seres humanos no creyeran en la superioridad de su especie ni estuvieran convencidos de ocupar un lugar de privilegio entre los seres vivos.
Por el contrario, ya que por aquel entonces el hombre debía luchar contra los fenómenos naturales, es probable que haya percibido que el animal poseía medios físicos superiores para sobrevivir. Sólo después de millones de años el hombre pudo relacionarse con los animales a través de procesos como el amansamiento y la domesticación.
De este modo, la sensación inicial de temor y, en el caso de los lobos (el antecesor del perro), de competencia por la comida, desapareció y en su lugar surgieron sentimientos de confianza y colaboración.
El perro ya estaba presente en las narraciones de la mitología griega. Plutón, dios de los infiernos, encargó a un perro, Cerebro, la guardia de las simas abismales para evitar que los espíritus de los muertos pudieran escapar. Homero en la Odisea destaca la fidelidad del perro de Ulises, Argos, ya que fue el único que reconoció a su amo cuando regresó a su patria con ropaje de vagabundo tras una larga ausencia. Aparentemente los griegos fueron los primeros en adoptar al perro como animal de compañía.
También en el antiguo Egipto existía el animal dios, como por ejemplo Anubis, con cabeza de chacal y cuerpo de lebrel. Incluso según el totemismo, una forma primitiva de religión, un animal de una determinada especie era considerado como antepasado común de los animales vivos de la misma especie y de los hombres del clan o de la tribu.
En el Imperio Romano la figura del perro tuvo diversas funciones.
Por un lado, se lo utilizaba en espectáculos populares y en los grandes circos, donde combatía con poderosos osos, estimulado por la gente, que disfrutaba del derramamiento de sangre. También participaba en las cacerías, durante las que muchos perros morían. Por otro lado, en una sociedad tan refinada como llegó a ser la romana, también el perro era una compañía.
La descripción que el poeta romano Marco Valerio Marcial hace de la perra de su amigo Publio, Issa, lo refleja con claridad. Dice Marcial: "Issa es más pura que un beso de paloma, más cariñosa que todas las muchachas, más preciosa que las perlas de la India... Para que su última hora no se la llevara del todo, Publio reprodujo su imagen en un cuadro en el que verás una Issa tan parecida que ni siquiera la misma Issa se parecía tanto a sí misma".
Por el contrario, durante la Edad Media, que se extiende desde el fin de¡ Imperio Romano (475 d.C.) hasta el siglo XV inclusive, la relación entre el ser humano y los animales estuvo sumida en el más absoluto oscurantismo. Esto se debió a que la Iglesia Católica desaprobaba rotundamente la posesión de animales. Si bien se sugería que el alimento utilizado para los animales en realidad debía darse a los pobres, es más probable que la causa de esta condena fuera la creencia de que los maleficios de los brujos eran capaces de encarnarse en los animales.
Durante esa época, se los consideraba brutos, sin inteligencia ni sentimientos, y se los culpaba de actos delictivos. Varios animales fueron quemados en público después de haber sido golpeados o estrangulados. Incluso muchas de las personas que poseían animales fueron excomulgadas y hasta condenadas a muerte.
Una explicación de los sentimientos negativos que existieron durante gran parte de la historia de la humanidad hacia la posesión de animales como compañía es que las relaciones efectivas hacia ellos se consideraban inmorales y contra el orden natural de la vida.
Durante mucho tiempo sólo una elite privilegiada, con rango y riqueza, podía permitirse la tenencia de animales. Durante el siglo XVI, con el surgimiento del humanismo, se produjo un cambio importante en la concepción de los animales y en la ciencia en general. Por ejemplo, Montaigne (1533-1592) creía en la identidad de las actividades psíquicas humana y animal. Sin embargo, durante esa época subsistían muchos prejuicios, como aquel que sostenía que las convulsiones que sufrían algunas personas eran obra del demonio, capaz de adoptar la forma de todos los animales conocidos. La posesión de animales entre la población europea fue siendo gradualmente aceptada a partir de fines del siglo XVII y se expandió en forma notoria hacia fines de¡ siglo XVIII. La tenencia de animales como compañía en su forma actual es aparentemente una invención victoriana de¡ siglo XIX, consecuencia de un cambio en la percepción de la humanidad acerca de su posición en el mundo.
La adquisición de conocimientos sobre la naturaleza permitió que todo lo relacionado con ella no se percibiese como algo amenazador. Incluso durante este período se produjo el desarrollo de nuevas razas de perros a través del control de la reproducción. No obstante, la práctica de tener animales domésticos seguía reservada a las clases altas y medias. Se consideraba inapropiado que las clases bajas tuvieran animales domésticos porque carecían de recursos económicos para garantizar su subsistencia.
También existen datos interesantes de otras culturas acerca de su relación con los animales y, en particular, con los perros. La cultura oriental nos muestra que por ejemplo en el Japón del siglo XVIII el hecho de que un emperador naciera bajo el signo del Perro (uno de los doce signos celestiales) motivaba que el perro gozara de una exagerada consideración. Esto se puso de manifiesto en que cada calle de todas las poblaciones debía mantener un cierto número de animales. Si los perros eran insultados, las leyes castigaban a su agresor y si alguien mataba a uno sufría la pena de muerte. Sin embargo, en la mayoría de los países del continente asiático existía, y todavía hoy perdura, una actitud totalmente negativa hacia los perros. La enorme cantidad de animales vagabundos no sólo pone en peligro sus vidas, sino que constituye un grave problema para los seres humanos debido a que estos perros son un importante reservarlo de enfermedades transmisibles, tales como la rabia y diferentes tipos de parásitos. Otro ejemplo interesante del significado que los perros han tenido y aún tienen ' en los países asiáticos lo constituye la República China, donde desde tiempos inmemoriales estos animales son utilizados para la alimentación humana.
El rol del perro en la actualidad En la sociedad moderna las actitudes hacia los perros son muy variadas.
En los países occidentales, donde se han llevado a cabo la mayoría de las investigaciones, la actitud hacia los perros es de total humanización, hasta el punto de brindarles mayores cuidados que a los seres humanos, o de la más absoluta indiferencia e incluso de total desprecio por sus vidas. La primera situación es fácilmente comprobable cuando observamos los productos que muchos dueños adquieren para sus perros, que incluyen desde hermosos abrigos especialmente diseñados hasta sofisticadas alhajas. Obviamente la adquisición de estos productos responde, la mayoría de las veces, a las necesidades de los dueños más que a las de los propios perros. Para ilustrar la segunda situación sólo basta un ejemplo.
En los Estados Unidos se sacrifican anualmente alrededor de doce millones de perros y aunque las cifras pueda7n variar, esta realidad es similar en la mayoría de los países. En lo que respecta a la tenencia de perros, esto puede deberse a razones de diversa índole. En una sociedad tan competitiva e individualista como la actual, el motivo más común para tener perros es la compañía ya que para muchas personas estos animales brindan un afecto incondicional. Las personas que no tienen animales consideran que se utilizan como reemplazos inferiores de la interacción social humana. Más aún, muchas de estas personas suelen creer que este tipo de dueños presenta un comportamiento social y emocional anormal. Si bien en casos aislados esta posición puede ser cierta, innumerable cantidad de estudios han demostrado que la mayoría de los dueños de perros son personas normales, cuyos compañeros animales mejoran su calidad de vida.
Otro de los motivos por los cuales la gente tiene perros es su utilización como colaboradores en diferentes tareas, entre las que podemos mencionar las de ayuda a discapacitados tanto físicos como mentales, salvataje de personas y detectores de drogas y explosivos, entre otras.
En algunos casos, la crianza de perros de razas puras es un hobby; en muchos otros, un símbolo del nivel socioeconómico de su propietario. Lo cierto es que las actitudes que las personas tienen para con sus perros suelen ser diferentes y muchas veces reflejan su personalidad. Por eso es sumamente interesante analizarlas en detalle para que el lector las conozca y pueda sacar sus propias conclusiones.
El perro tratado como un objeto
Es habitual observar que muchos perros están condenados por sus dueños a vivir confinados en una terraza, en un patio o en el fondo de la casa, e incluso en casos extremos a vivir permanentemente atados a una cadena. Si bien esta conducta es totalmente cuestionable y además incorrecta, antes de juzgarla es importante conocer en profundidad las causas que la generan.
En las áreas urbanas, la actitud de aislamiento a la que muchos dueños someten a sus perros se debe a un fenómeno cultural basado en la interacción que la gente de campo tiene con estos animales.
Por regla general, los perros que viven en las zonas rurales no tienen permitido ingresar en la casa de sus dueños. Esto posiblemente responda a dos razones. La primera es que para estos propietarios los animales en general no son considerados parte de la familia, sino sólo colaboradores o compañeros de tareas. La segunda es la necesidad del hombre de campo de compartir sólo con su familia sus pocas horas de descanso después de soportar condiciones arduas de trabajo.
El perro no participa de esta situación sino que debe buscar su propio reparo, seguramente en compañía de sus congéneres ya que la gran mayoría de las veces son más de dos los perros presentes en un campo. Sin embargo, resulta evidente que estas condiciones de vida son muy distintas a las que se encuentra sometido un perro que vive en la ciudad, aislado en el patio de una casa.
En el campo el perro está permanentemente realizando una actividad junto al ser humano o simplemente tiene la libertad de acompañarlo en sus tareas. Esto le permite distraerse y realizar ejercicio físico, posibilidad que no tiene el perro de ciudad. Además, si cumple con dos condiciones: no entrar en la casa y no matar a los terneros, las ovejas ni las gallinas del lugar, tiene una total libertad de acción.
El perro que vive aislado en la ciudad, por el contrario, tiene totalmente restringidas sus libertades ya que para salir de su encierro depende de la decisión de su propietario.
Finalmente, el perro de campo suele vivir en compañía de otros congéneres, en cambio el perro de ciudad que vive en el fondo de la casa está condenado a la soledad. Por todas estas razones la calidad de vida de un perro de campo que no entra en la casa de su dueño es muy superior a la de un perro de ciudad sometido a la misma condición.
Otra de las causas que motiva la actitud de aislamiento de los propietarios para con sus perros radica en que muchas personas temen que los animales les contagien alguna enfermedad. Si bien esto es posible, ya que existen zoonosis es decir, enfermedades que son transmisibles de los animales al ser humano, los avances logrados por la medicina veterinaria en lo que respecta a la prevención y el tratamiento de este tipo de enfermedades han eliminado casi por completo estos riesgos.
Una vez que las personas que viven en la ciudad toman conciencia de que la calidad de vida de un perro que vive en una casa en condiciones de aislamiento no es buena y de que el contacto con el animal no entraña riesgo alguno para su salud, suelen cambiar el tipo de interacción que mantenían. Sin embargo, a pesar de estos conocimientos, hay quienes continúan con la misma actitud, sosteniendo que al fin y al cabo "un perro es sólo un perro".
Un día me llamó una persona para decirme que tenía un arma en la casa para evitar robos pero que no había funcionado, por lo que solicitaba mi intervención. Con la convicción de que se había equivocado de número, le expliqué a mi interlocutor que yo no era especialista en armas, sino en medicina veterinaria, específicamente, en comportamiento animal. Para mi sorpresa, esta persona sabía quién era yo y solicitaba mis servicios para que evaluara el comportamiento de un perro doberman, a quien él llamaba "el arma". Según él, la única función que tenía que desempeñar el perro era cuidarle la casa. Para eso lo había entrenado y sólo con ese fin lo alimentaba y cuidaba. Si servía, permanecería en la casa, caso contrario, se iría. Si bien no me negué a tener una entrevista, le expliqué que el perro no era un objeto y que por lo tanto no debía considerarlo como un arma infalible. Después de recomendarle que instalase una alarma, le expliqué que la convivencia con su animal podría traerle otros beneficios y no sólo el que él pretendía. Le sugerí que evaluase mi punto de vista acerca de su problema y. que luego me llamase nuevamente. Este fue el primer y único diálogo que tuve con esta persona, a la que, obviamente, nunca llegué a conocer personalmente. Si bien uno podría pensar que sólo pocas personas creen que el perro es un objeto, esto no es así. Como ejemplo basta con recordar que en la Argentina, desde el punto de vista jurídico, el perro es considerado una cosa que no tiene derechos, aunque en los últimos años esta realidad está cambiando ya que algunos jueces emitieron fallos que contemplaron la humanidad elemental hacia el ser vivo.
El perro tratado igual que una persona
Después de la Segunda Guerra Mundial, las familias comenzaron a ser menos numerosas. En los países desarrollados, los perros empezaron a recibir mayor atención ya que muchas veces llenaban importantes vacíos. Este proceso se acentuó a medida que la sociedad se tornó cada vez más competitiva e individualista.
A su vez los cambios demográficos y la mayor urbanización produjeron que el ser humano se alejara cada vez más de la naturaleza y buscara reemplazar esta carencia en forma doméstica, a través de la adopción de un animal.
Estas dos situaciones motivaron en las personas una necesidad de mayor afecto y de mayor contacto con la naturaleza. Un perro satisface la primera de las necesidades en forma incondicional y además para muchas personas es un fiel representante del mundo natural. Estos hechos, sumados a los avances de la medicina veterinaria en salud canina y su relación con la humana, generaron en muchas personas un cambio de actitud en su relación con los perros.
Básicamente estos animales dejaron, en muchos casos, de vivir aislados en el fondo de la casa y pasaron a convivir en forma más estrecha con sus propietarios.
Con el correr de los años esta situación se extendió a los países en vías de desarrollo. En una encuesta realizada en Capital Federal y el Gran Buenos Aires, el 94% de los propietarios de perros afirmó que sus animales eran considerados como un miembro de la familia, lo que representa una muestra irrefutable de este cambio. Este estudio arrojó a su vez algunos resultados que merecen ser analizados detalladamente; ya que permiten sacar algunas conclusiones muy, interesantes. El 95% de los encuestados reconoció que solía hablar con su perro en varios momentos durante el día, el 47% de los propietarios compartía la comida con su animal, el 39% permitía que su perro durmiese junto a él en la cama y el 29% celebraba el cumpleaños de su animal.
Estos datos no sólo indican que la mayoría de los dueños establece un vínculo estrecho con los perros sino que los tratan como a seres humanos, estableciendo una relación de tipo emocional más que racional. Si bien saben que los perros son animales domésticos, sienten que son más que eso y frecuentemente se refieren a ellos como si fuesen personas, más específicamente chicos.
Durante el ejercicio de mi profesión tuve la oportunidad de conocer innumerable cantidad de propietarios que tenían una relación con sus perros similar a la que mantenían con los hijos. Tal fue el caso de un matrimonio que convivía con un hermoso ejemplar de ovejero belga de dos años de edad. Este animal tenía serios problemas; el más grave era la agresividad hacia sus dueños. Antes de indicarles el tratamiento necesario para intentar corregir esta alteración de comportamiento, procedí a explicarles los riesgos que existían para su integridad física si el animal repetía alguno de los episodios agresivos. A partir de eso, les sugerí que decidieran si continuarían conviviendo con su perro. La respuesta del matrimonio fue preguntarme qué decisión tomaría yo si una de mis hijas tuviese un problema de conducta. ¿Por qué mucha gente siente que sus animales son como chicos y en algunos casos hasta los consideran como a sus propios hijos? La respuesta es que los perros son animales sociales que buscan permanentemente la compañía de sus dueños. Esto mismo es válido para los niños con respecto a sus padres.
Muchos perros cuando son separados de sus dueños presentan signos de angustia y ansiedad. En una primera etapa se muestran hiperactivos y vocalizan casi permanentemente mediante aullidos, ladridos y/o gemidos. A los chicos les pasa exactamente lo mismo cuando son separados de sus padres y lo manifiestan a través del llanto. En una segunda etapa la hiperactividad desaparece y da lugar a una hipoactividad y a un menor interés por lo que sucede a su alrededor. Esto se manifiesta en una clara disminución del apetito, llegando en casos extremos a una anorexia total. Los niños que pasan por este proceso lo manifiestan a través de conductas más complejas, como el retraimiento, la violencia o la rebeldía.
De esta forma vemos que de la misma manera que los niños extrañan a sus padres, los perros extrañan a sus dueños. Por eso, cuando se restablece el vínculo tanto los niños como los perros se muestran alegres. Incluso muchas personas señalan que cuando llegan a la casa después de un arduo día de trabajo, el perro suele recibirlos mejor que sus propios hijos. Estas y muchas otras razones explican por qué muchas personas sienten que sus perros son como seres humanos.
Sin embargo, podríamos resumirlas recurriendo a un antiguo proverbio chino: "Existe mucho de ser humano en el animal y todo lo del animal en el ser humano."
El perro tratado mejor que una persona
"Cuanto más conozco al hombre, más quiero a mi perro." Si bien está en discusión si esta famosa frase pertenece a la francesa Madame Roland (1754-1793) o al poeta y dramaturgo irlandés Oscar Wilde (1854-1900), no hay ninguna duda de que existe una gran cantidad de personas que se sienten identificadas con lo que expresa. Es cierto que muchas personas al ser consultadas acerca de la relación con sus animales responden que es mejor que la que establecen con otros seres humanos. Más aún, muchas de ellas no dudan en afirmar que los perros son mejores que las personas. A diferencia del caso anterior, este tipo de relación no es sólo de tipo emocional sino también racional. En otras palabras, estas personas no sólo sienten que los perros son mejores que las personas sino que además lo creen.
Recuerdo el caso de una familia compuesta por un matrimonio, su hijo de doce años y el perro, un mestizo macho de tres años de edad. Ellos me consultaron debido a que el animal se mostraba agresivo con el padre y con el niño, aunque la conducta con la mujer era sumamente afectuosa. Durante la entrevista la familia relató cuatro o cinco episodios agresivos de¡ perro. Me llamó poderosamente la atención que la mujer responsabilizara a su esposo y a su hijo y resaltara la inocencia del perro.
También me llamó la atención que cada vez que el resto de la familia expresaba su opinión, la mujer descalificaba sus comentarios. Al indagar acerca de la relación que ella tenía con su perro y acerca de los episodios agresivos descubrí un tipo de vínculo verdaderamente patológico. La mujer afirmó sin ningún tipo de inhibición que para ella su perro era el integrante más importante de la familia y que si él se llevaba mal con el resto debía de tener sus razones, aunque ella no las conociera. El esposo contó que uno de los episodios agresivos se produjo cuando su hijo intentó entrar en la habitación de la pareja. Cuando el perro lo vio, lo agredió y lo lesionó gravemente. Ante este comentario procedí a preguntarle a la mujer cuál era la responsabilidad de su hijo para justificar la agresión del animal. Ella serenamente me respondió que el niño no había pedido permiso para entrar ya que ésa no era sólo la habitación de ella sino también la del perro. Ante esta respuesta no dudé en preguntarle por qué el animal ocupaba un lugar tan privilegiado dentro del hogar en comparación con el que ocupaban su esposo y su hijo. La respuesta volvió a sorprenderme. Según sus palabras, el perro siempre estaba pendiente de ella, la acompañaba a todos lados, jamás le pedía otra cosa que no fuesen caricias, no le cuestionaba nada y además la cuidaba cuando se quedaban solos en la casa. Ni el esposo ni el hijo se comportaban de esa manera, lo que demostraba que su perro era el mejor miembro de la familia.
En un reportaje que le hizo el escritor y periodista George Sylvester Viereck, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, afirmó que él prefería la compañía de los animales a la de las personas. Freud sostenía que esta preferencia se debía a que resultaban mucho más sencillos que los seres humanos porque consideraba que los animales no tenían una personalidad dividida. Por lo tanto, no sufrían de la desintegración del ego como consecuencia del intento del hombre de adaptarse a cánones de civilización demasiado enaltecidos para sus mecanismos intelectuales y psíquicos. Freud afirmaba que los hábitos y las idiosincrasias más desagradables del hombre, su falsedad, su cobardía y su falta de respeto eran el resultado del conflicto entre los instintos y la cultura; situación en la que no se ven involucrados los animales, ya que su existencia es mucho menos compleja. Sin embargo, una lectura minuciosa de las palabras de Freud nos muestra que si bien él podría preferir la compañía de un animal a la de un ser humano, en ningún momento afirma que los animales sean mejores que las personas.
Si bien nosotros somos parte del reino animal dado que compartimos muchas características con otros animales, tenemos algunas diferencias que nos separan del resto de las especies. Tanto el comportamiento de los animales como el nuestro está regido por lo innato y lo aprendido. Pero la cultura, la principal característica exclusiva de los seres humanos, ha hecho que nos diferenciemos enormemente de las otras especies.
Por lo tanto, podemos afirmar que los perros no son ni mejores ni peores que las personas, sino simplemente distintos. Ergo, la comparación entre las de los humanos y las virtudes de los perros carece totalmente de sentido. Cuando alguien me hace un comentario de esta índole procedo a explicarle, con la mayor cordialidad posible, lo inútil que es hacer este tipo de comparaciones. Lo ideal, el respeto mutuo
Como acabamos de ver, los diferentes tipos de vínculo que las personas establecen con sus perros se basan en apreciaciones totalmente subjetivas. Mientras para algunas personas los animales son casi un objeto, para otras pueden llegar a ser más importantes que los seres humanos. Sin embargo, como en casi todos los órdenes de la vida los extremos son malos y ésta no es la excepción.
Obviamente los perros son seres vivos; por lo tanto, tratarlos como a un objeto, es decir una cosa inanimada, es un grave error. Esta actitud no sólo es negativa y traumática para los animales sino que, además, suele generar innumerables inconvenientes para sus propietarios. Si un perro vive aislado en el fondo de la casa posiblemente manifestará una serie de comportamientos indeseables como resultado de esta situación.
A menudo los perros que viven en estas condiciones son muy ladradores, hiperactivos, destructivos y, en algunos casos, agresivos. Un perro condenado a vivir recluido es un animal que sufre porque no puede satisfacer sus necesidades de juego, distracción y, sobre todo, de contacto social. A su vez el propietario de este animal "sufrirá" las consecuencias de esta situación a través de las conductas desarrolladas por su perro.
El mejor consejo que puede recibir una persona que considera al perro como a un objeto es que cambie su percepción acerca de su animal o, en caso contrario, que no tenga perro. El humanizar a los animales, o mejor dicho el superhumanizarlos, puede generar consecuencias igualmente nefastas, aunque surjan después de algún tiempo de convivencia. El permitir que un perro haga absolutamente todo lo que quiera sin ponerle ningún tipo de límites suele llevar a que el animal se sienta el rey de la casa. Sin duda, el perro disfruta de este tipo de vínculo con su propietario. Sin embargo, a medida que el perro crece pueden comenzar a aparecer los problemas. Uno de ellos es la desobediencia. Un rey no obedece, simplemente debe ser obedecido.
De esta manera el animal solicitará caricias cuando él quiera y se pondrá cargoso si no las recibe; mendigará comida cuando sus dueños estén almorzando o cenando y se las quitará si no responden a sus requerimientos; no obedecerá al llamado cuando salga a la calle y regresará sólo cuando tenga ganas de hacerlo; será él quien lleve a pasear a sus dueños tirando permanentemente de la correa y llegará hasta gruñir o incluso morder si alguien lo obliga a hacer algo que no sea de su agrado. Es muy común que los dueños de estos animales terminen por regalarlos ya que la convivencia se torna insoportable.
Evidentemente el perro ya no disfruta de esta situación. El rey se queda sin su trono y, lo que es peor, esto causa un gran sufrimiento tanto a los seres humanos como a los animales que pasan por este trance. Por todas estas razones el mejor vínculo que se puede establecer con un perro es el que está basado en el respeto por el animal. Es esencial lograr satisfacer tanto sus propias necesidades como las de las personas con las cuales convive. Para ello resulta imprescindible conocer profundamente el comportamiento normal de los perros y la forma en que se relacionan con los seres humanos.
Sólo de esta manera será posible convivir placenteramente con el miembro no humano de la familia.
Capitulo extraido del libro "Nuestro perro"
M.V. Claudio Gerzovich Lis
Comportamiento animal
Buenos Aires - Argentina
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sección: Conducta